Sudáfrica: un caos espoleado por intereses políticos

Una madre se asoma a un balcón con su bebé en brazos. Su edificio está en llamas y no pueden escapar. Desde abajo, media docena de personas le animan a lanzarla desde su primer piso, ellos la cogerán. Al final, la madre se decide y la niña vuela a los brazos, sana y salva. La imagen ha dado la vuelta al mundo y muestra el caos provocado por los saqueos en centros comerciales y negocios, donde la gente ha aprovechado para robar todo tipo de cosas, desde teles de plasma hasta un cajero. La semana más violenta en 27 años de democracia ha acabado con un balance de 212 muertos y 3.417 detenidos. Pero, ¿qué ha pasado para tal magnitud de caos?

El pasado miércoles 7 de julio el expresidente Jacob Zuma se entregó para cumplir 15 meses de prisión por desacato judicial. Su encarcelamiento provocó las primeras protestas en su región, KwaZulu-Natal y la de Johannesburgo. Con los días, las protestas violentas se volvieron en ataques dirigidos a generar el caos. El presidente, Cyril Ramaphosa, ha acusado a una facción de políticos, militares y seguidores afines a Zuma de estar detrás de todo el caos. Su intención, asegura, era desestabilizar el país y dañar todavía más una economía maltrecha por la Covid-19 para debilitar así su liderazgo. Unas intenciones que la editora asociada del diario Daily Maverick, Ferial Haffajee, ha revelado con capturas de conversaciones donde afines a Zuma pedían bloquear el puerto de Durban y cortar conexiones para debilitar la economía. Ramaphosa ha dicho que «el intento de insurrección ha fracasado», pero ha admitido que los daños económicos son millonarios y el objetivo parece más bien conseguido. La imagen de un gobierno incapaz de frenar el sabotaje daña la reputación de Ramaphosa, quien ha tenido que movilizar a más de 25.000 soldados del Ejército para controlar la situación, una medida nunca vista desde el fin del apartheid. Ahora preocupa que la violencia haga que trabajadores cualificados busquen un futuro en otro país: dos agencias de inmigración han registrado un aumento de 1.500% en las peticiones para salir del país.

Detrás de unos espurios intereses políticos está también la difícil situación social y económica en Sudáfrica. A pesar de llevar casi tres décadas de democracia, el país es el más desigual del mundo en ingresos y la población blanca, en torno a un 8%, gana todavía tres veces más que la mayoría negra, más de un 86%. A ello se suma ahora una tercera ola de coronavirus que ha impuesto nuevas restricciones y genera frustración, especialmente entre los jóvenes, que en su mayoría no tienen empleo ni oportunidades.

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