Túnez: de la melancolía democrática a la nostalgia autoritaria

Este podcast acompaña al análisis. Realizado, producido y narrado en colaboración con Calle Mundo Podcast.

 

Mohamed Bouazizi tenía 26 años cuando decidió quemarse vivo frente a dos policías el 17 de diciembre de 2011 en Sidi Bouzid, Túnez. De oficio frutero, ansiaba vivir dignamente alejado del abuso de poder, la corrupción policial y los más de 23 años de autoritarismo del expresidente, Zine el Abidine Ben Ali. Así empezó todo. “Los jazmines los tienen los ricos en sus jardines, esta es la revolución del pueblo”. Uno de los movimientos ciudadanos más trascendentes del Norte de África zarandeó el sistema político de la región y no sólo forzó la huida de Ben Ali, sino también la de dirigentes próximos como Hosni Mubarak en Egipto o Muammar Gadafi en Libia. 

 

La población tunecina, de la mano de la llamada revolución de los jazmines, dio paso a la transición democrática. Túnez se erigió como un ejemplo para muchos. Su Constitución, aprobada en enero de 2014, se convirtió en un ejemplo de consenso entre islamistas y laicistas, posturas discrepantes en muchas partes del mundo.  Un año más tarde, la Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT) fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz por su papel de mediación a la hora de reprimir una réplica del golpe de Estado en Egipto.

 

Ha pasado una década desde la revolución y ahora la situación es diferente. Con la Asamblea de Representantes más fragmentada que nunca –30 partidos componen la Asamblea­­– y una inestabilidad política ilustrada por 10 gobiernos diferentes desde 2011, Túnez se tambalea nuevamente. La única democracia del mundo árabe está amenazada y la nostalgia por la dictadura crece en el país. 

 

La gota que colmó el vaso en la cuna de la Primavera Árabe

 

Este pasado verano una oleada de protestas inundó las calles de la capital tunecina. La mala situación económica, teñida por una crisis sanitaria sin precedentes, dio lugar a movilizaciones no vistas en la última década. A finales de julio, el presidente del país, Kais Said, compareció en un discurso televisado y anunció la suspensión durante 30 días del Parlamento tunecino. La medida, amparada por el artículo 80 de la Constitución, ha acabado por ser permanente. Desde entonces, Said gobierna autoritariamente a través de un decreto ley

 

A falta de un Tribunal Constitucional, todavía sin instituir desde la promulgación de la Carta Magna de 2014, Said se ha alzado como el máximo expositor de la ley. El presidente atiende al texto legal para ampararse en la adopción de “medidas excepcionales” ante una situación de “peligro inminente” para el país. Este peligro tiene dos interpretaciones: salvar al país de la deriva sanitaria y el colapso de los servicios públicos debido a la covid-19 o, también, desautorizar a Rached Ghannouchi, líder de la formación islamista Ennahda.

 

Este partido, también conocido como el Partido del Renacimiento, ha sido la formación política más importante en la breve experiencia democrática tunecina. En las elecciones de 2019 obtuvo 52 diputados y perdió fuerza, pero a pesar de estar lejos de la mayoría absoluta fue el partido más votado en la Asamblea de Representantes del Pueblo. Desde 2011 ha pactado con miembros del ex régimen de Ben Ali para mantener el poder y su agenda conservacionista, unida a la corrupción, no gusta entre los jóvenes. Llamado el partido islamista más suave del mundo árabe, mantiene relaciones cercanas con los islamistas de Sudán, el Partido de la Justicia y el Desarrollo en Turquía, y con los Hermanos Musulmanes, la organización panislamista calificada como terrorista en Egipto y Rusia. Said siempre ha temido la radicalización del Parlamento y ha mantenido las distancias con Ennahda y sus socios. 

 

Otra de las medidas estrella tomadas en julio fue la destitución del ex primer ministro Hichem Mechichi. El semi-presidencialismo en Túnez configura que el jefe de Estado, en este caso, Said, solamente tiene competencias directas en materia de Seguridad Nacional, Defensa y Política Exterior. El resto recaen sobre el primer ministro. Ahora, no sólo no recaen sobre Mechichi tras su destitución, sino que están totalmente delegadas sobre Said tras las modificaciones legales

 

Las medidas fueron recibidas con júbilo entre los seguidores del presidente seducidos por una filosofía populista. “Said es el único que puede darles un futuro a nuestros jóvenes”, aseguraba uno de sus manifestantes. Ensalzados entre banderas nacionales, su festejo revelaba que esta era la medida para avanzar hacia un sistema de democracia parlamentaria y participativa. Según Business News, el 87% de los tunecinos apoya las decisiones del presidente

 

A principios de octubre, y a expensas de lo que ocurría en las calles tunecinas, se intensificaron campañas de arrestos contra los disidentes. Aloui Abdellatif, miembro del partido islamista Al Karama o el presentador de la televisión Al Zaytouna, Ameur Ayed, han sido algunos de los hombres detenidos. Tres meses después de las decisiones tomadas, la oposición critica que las medidas excepcionales se han convertido en un “golpe de Estado”.

 

La covid-19: un antes y después para el país

 

La respuesta política al duro impacto económico y sanitario de la pandemia es uno de los principales factores que empujaron las protestas ciudadanas en verano. 

 

Tras un año y medio de restricciones, la pandemia ha zarandeado el sistema sanitario del país. Túnez es el país del continente con más muertos por el virus: 25.098 personas de una población total de 11,8 millones han fallecido por la Covid-19, lo que se traduce en 200 muertes al día. Además, alrededor de 711.000 personas se han contagiado. 

 

La pandemia ha llevado a la quiebra al considerado como el mejor sistema sanitario del Norte de África. Con los hospitales desbordados y la frecuente ausencia de recursos sanitarios, las calles también reclaman una atención médica digna y accesible. 

 

La sanidad cuelga de un hilo en Túnez. Mechichi, ex primer ministro, depuso al entonces ministro de Sanidad, Fawzi Mahdi, en medio de una de las olas de contagios más críticas del país. El médico y político, presionado para poner en marcha una campaña de vacunación sin los medios necesarios, fue finalmente destituido. Una decisión que la ciudadanía ahora aplaude, hastío por la gestión mediocre de la pandemia.  

 

A pesar de ello, Túnez es uno de los 15 países de África que han vacunado al 10% de su población contra la Covid-19. Un 35% de la población ha sido ya inoculada pero la falta de acceso a las vacunas – además de los problemas logísticos para su transporte y conservación – y las corrientes negacionistas, empedran el camino hacia una vacunación masiva.

 

¿Llegó Túnez a culminar su proceso democrático?

 

La democracia llegó en 2011 pero desde entonces el país ha empezado una deriva política, social y económica que ha aumentado la frustración ciudadana con el sistema.

 

En 2015, 39 personas fallecieron a manos del Estado Islámico en los atentados de Susa, una de las zonas hoteleras por excelencia del país. Unos meses antes, perpetradores pertenecientes a la misma organización yihadista habían asesinado a 24 personas en el Museo Nacional del Bardo, en la capital. Los atentados no sólo supusieron un duro golpe al proyecto democrático en la nación árabe, sino que, además, provocaron uno de los mayores batacazos para el turismo tunecino

 

De enero a junio de ese mismo año, un 21,9% de turistas menos visitaron el país. Los europeos, como principales visitantes y víctimas de los atentados, redujeron sus visitas hasta en un 45%. La pérdida de turistas extranjeros degradó la economía del país y los yihadistas consiguieron empobrecer el sector, que ocupa el 7% del PIB

 

Sin embargo, la caída económica impulsada por el turismo no ha sido el único factor en la degradación del país. La corrupción y desidia de la clase política ha desilusionado a la ciudadanía

 

Ajenos a las demandas sociales que estallaron durante la revolución, una veintena de familias dominan la cúpula económica del país y los políticos dedican un 16% del PIB del país a los salarios públicos. A estos últimos no les importa hacer lo que sea por mantenerse en el poder. Hasta 87 diputados de un total de 217 han cambiado de partido al menos una vez a lo largo de una legislatura, incluso hay dos políticos que cambiaron en siete ocasiones de formación política.  

 

Los datos muestran que en los años posteriores a la revolución incrementó la corrupción. Túnez ocupó en 2011 el puesto 73 en el ranking del Índice de Percepción de la Corrupción, en 2013 empeoró hasta el 77 y en 2014 alcanzó su peor resultado histórico desde 1994, cayendo al puesto 79. Desde entonces no se ha conseguido solucionar la situación. Este mismo año, se destapó una investigación relacionada con la presunta financiación de campañas electorales desde el extranjero, donde los partidos Ennahda y el liberal Corazón de Túnez figuran en el punto de mira. 

 

La aversión hacia la élite política ha vuelto a alterar los movimientos ideológicos en el país. Atendiendo a la fundación Bawsala, el 76% de los tunecinos reconoce haber perdido la confianza en los diputados. Durante los últimos años, ninguna sesión parlamentaria ha empezado con puntualidad y en alguna ocasión, incluso ha sido anulada por falta de quórum. 

 

Si en la Primavera Árabe la meta era una democracia estable, ahora el país se une al dominó de los populismos en el mundo. Said arrasó en las urnas y culminó la segunda vuelta obteniendo el 76,9% de los votos frente a su adversario, el magnate Nabil Karui. Una victoria histórica aupada por la nostalgia autoritaria. 

 

La carrera por configurar su oasis democrático ha llevado al país a un movimiento político que recuerda al de Ben Ali. Durante el estallido de las revoluciones, Túnez persistía como el país menos inestable dentro de una región generalmente frágil. Una inestabilidad que ahora se deja ver y devuelve a los melancólicos la posibilidad de volver a un sistema vetusto.

 

El caso de Kais Said

 

Apodado como ‘Robocop’ – debido a su imbatible rostro e inexistente expresión facial –, Kais Said es una de las personalidades políticas más misteriosas del panorama internacional. De profesión jurista, se presentó a los comicios en 2019 de forma independiente, lo cual evidencia su repudio hacia las formaciones políticas.

Apasionado por el derecho constitucional, el presidente aboga por la eliminación absoluta de las elecciones legislativas en el país, siendo reemplazadas por votaciones locales, reniega de la despenalización de la homosexualdiad, de la igualdad entre hombres y mujeres a la hora de cobrar la herencia y defiende la pena de muerte. Una posición conservadora que a pesar de todo, seduce a los jóvenes, donde tiene su baluarte y le ven como un aliado tras unirse a la revolución en 2011. 

El presidente nunca dio un mitin durante la campaña electoral, no tiene redes sociales y únicamente se expresa en árabe tradicional. Un perfil disidente que traslada en su programa político: mesurado con tintes tradicionalistas. Hace escasas semanas, el presidente anunciaba el nombramiento de Najla Bouden como primera ministra. La geóloga se convertía así en la primera mujer al frente del Gobierno de Túnez. Eso sí, sin competencias plenas, ya que el gabinete responde ante Said y no ante Bouden después de las modificaciones constitucionales del presidente.

 

Reflexiones 10 años más tarde

 

Si hay un factor que ha impulsado siempre el cambio político en Túnez es el movimiento ciudadano. Los jóvenes, ilusionados por un cambio en sus futuros hace diez años, han visto truncados sus deseos con la escalada del desempleo juvenil hasta un 40% y la corrupción política.  

Ahora serán ellos los que, organizados en las tradicionales asociaciones de la sociedad civil o en las nuevas que emergieron tras la Primavera Árabe como Al Bawsala, decidirán si aprueban la deriva autoritaria de Said o la frenan en seco si se extiende en el tiempo.

 

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