Racismo de guerra

 

Más de medio millón de personas han podido salir ya de Ucrania, huyendo del terror de la guerra y se cree que pueden llegar a ser 5 millones. Muchos de los que intentan salir son estudiantes extranjeros. Uno de cada cinco en Ucrania son africanos, con países como Marruecos, Nigeria, Egipto y Ghana a la cabeza. Sin embargo, todas las caras que salen son blancas. Las imágenes de guardias de seguridad impidiendo subir a trenes a personas negras o de estaciones repletas con africanos dejados a su suerte muestran un racismo intrínseco. A esa imagen se suma la de algunos periodistas occidentales con comentarios de que la gente que huye son «blancos con ojos azules» y «civilizados», «como nosotros, tienen Netflix».

La guerra de Ucrania debe tratarse con la rigurosidad y seriedad que merece, por eso minusvalorarla por el hecho de que no se haga la mitad de caso a conflictos en el continente africano no es positivo. Para luchar contra ello hay que dejar de menospreciar y comparar guerras.

Esta guerra es además, un conflicto global que tendrá un impacto en África. El precio del trigo puede subir al exportar Ucrania y Rusia un 30% del total mundial, la energía puede encarecer el petróleo y traer inflación. Aun así, también es una oportunidad para incrementar las arcas de países productores de energía y desviar a países europeos a comprar gas africano. La diplomacia puede dividir al continente que recibe el 30% de las armas de Rusia y aunque la Unión Africana se ha mostrado unida para condenar la invasión de Ucrania, hay que observar cómo las juntas militares pro-rusas reaccionan y contribuyen al conflicto.

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