Etiopía, la Cuna de la Humanidad lejos del turismo del Masái Mara

El 19 de enero de 2022, miles de etíopes cristianos ortodoxos se reunían con una misma premisa: la celebración de la Epifanía etíope, mejor conocida como Timkat. Entre los lugares con mayor afluencia destaca Lalibela, una ciudad donde emergen del suelo iglesias monolíticas excavadas en roca, perdidas en las tierras altas al norte de Etiopía. La histórica ciudad de Lalibela, en la región de Amhara, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1978 y hoy no solo es uno de los mayores atractivos turísticos del país.

 

Con una extensión similar a la de Francia y España juntas, Etiopía es la cuna de la humanidad. El descubrimiento de fósiles, la fuerza de las fuentes del Nilo Azul antes de pasar al Lago Tana, el medieval Palacio del Rey Fasilides y de su descendencia o el Arca de la Alianza guardada en la iglesia de Santa María de Sión en la ciudad sagrada de Aksum, configuran el intento de resucitar un turismo sostenible y desconocido lejos de los saltos Massai en Kenia y Tanzania o la frenética Plaza Jemaa el-Fnaa en Marrakech. 

 

Las tres riquezas: histórica, natural y cultural

 

Con un legado histórico que le convierte en el país independiente más antiguo de África, Etiopía es junto a Liberia, el único estado africano que nunca ha sido colonizado, a excepción de la breve y parcial ocupación italiana durante cinco años en 1936. Con origen en el reino de Aksum alrededor del año 400 a.C, Etiopía alberga hoy nueve maravillas en el listado del Patrimonio Mundial de la Unesco. Además de las iglesias excavadas en la roca de Lalibela, hay mucha más riqueza histórica en Etiopía. 

 

En primer lugar, el yacimiento paleontológico de Lucy en el Valle Bajo del Awash, un homínido de 3,2 millones de años de antigüedad descubierto en 1974 por el estadounidense Donald Johanson, para muchos historiadores considerada la Cuna de la Humanidad. Pero ojo, la lista de lugares emblemáticos es interminable: Harar, la ciudad histórica fortificada y abanderada como la cuarta ciudad santa del Islam con 82 mezquitas y 102 santuarios; Gondar o el “Camelot de África”, conocido así por la complejidad de sus túneles y pasos elevados que conectan un total de seis castillos amurrallados; los obelíscos monolíticos y las estelas gigantescas de Axum; el gran completo funenario de Tiya; la inmensidad floral y la sobrepasada fauna del Valle del Omo; el paisaje cultural de Konso y el techo de Etiopía con las montañas del Parque Nacional de Simien. Ocho parajes culturales y uno natural que conforman el recorrido de uno de los países con más historia del continente africano. 

 

A ello se suma la riqueza de sus gentes. Al norte, los Dorza, conocidos por la confección de togas de algodón o los Afar, cercanos a la frontera con Eritrea y fundamentalmente nómadas. Al sur, cerca del río Omo, la tribu Hamer, caracterizados por sus elaborados abalorios, peinados y marcas corporales. Cerca están los Arbore, con el don del pastoreo. Los Nyangatom, que a pesar de pasar desapercibidos, enriquecen la cultura tribal de la región. Más allá, en la ribera del río Sagan, la tribu Konso es la etnia tribal de la región de las Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur del país, mejor organizada con una población que apenas supera los 380.00 habitantes. 

 

Uno de los españoles que mejor conoce Etiopía es Toni Espadas. Enamorado del país, tras más de 25 años recorriendo África, ha fotografiado sus rincones más recónditos. Ahora organiza viajes y es guía de muchos de ellos en Rift Valley Expediciones, empresa de la que es CEO y cofundador. “Etiopía fue el detonante de todo por lo que he trabajado a posteriori. Fue la semilla.”, cuenta Espadas. Aún con la riqueza natural, cultural e histórica que inunda Etiopía, para Espadas hay un lugar único que fascina a quien lo visita: la Depresión de Danakil. El lugar más caluroso de la Tierra contempla un paisaje lunar con emanaciones sulfurosas que incluye los volcanes monte Ayalu y el Erta Ale además del Gaeta Ale Pond, un lago hipersalino que funciona como aguas termales. “Es una maravilla de lugar, pero hay que escoger bien la época del año para poder visitarlo”, advierte. 

 

Un turismo para Etiopía sin etíopes y salpicado por la guerra del Tigray

 

Un paseo por centros comerciales abarrotados de tiendas de lujo, desayunos buffet a pie de playa y un atardecer en una isla artificial con forma de palmera se han convertido en los planes más afables de la clase alta en Etiopía. Tanto es así que Ethiopian Airlines anunció en 2021 que Dubái era el lugar desde dónde más asientos había vendido. Un cambio turístico con tintes geopolíticos respecto a los datos prepandemia, cuando China estaba al frente del tráfico entre el país y el continente africano. “Los etíopes viajan muy poco por su país, es prácticamente inapreciable”, afirma Espadas.

 

En 2017, 933.000 turistas extranjeros aterrizaron en algún punto de Etiopía. Tres años después, la pandemia del coronavirus y la apertura del conflicto en la región del Tigray han provocado que ese dato descienda hasta los 518.000 turistas y su posición en el ranking de países más visitados a escala mundial caiga hasta el puesto 126, según datos del Banco Mundial. 

 

Si miramos al resto del continente, el país más visitado es Marruecos, seguido muy de cerca de Sudáfrica, Túnez y Argelia. Esto quiere decir que de los cuatro lugares más concurridos por los visitantes extranjeros, tres forman parte de la región del Magreb y solamente uno de África Subsahariana. Unos datos que reflejan la situación política y de seguridad inestable en muchos países al sur del Sáhara como es el caso de Etiopía, a los que se suma una percepción difusa en el resto del mundo sobre el continente. “África siempre suena a malas noticias, cuando la realidad es que hay mucho más bueno que malo, además de que es un continente configurado por muchas realidades distintas”, dice Espadas. 

 

Adís Abeba, la Meca de África

 

Justo en el centro del mapa de Etiopía nos encontramos con su bulliciosa capital: Adís Abeba, un núcleo urbano de cuatro millones y medio de habitantes que no descansa. La ciudad, repleta de contrastes, da la bienvenida a través de la avenida Bole, también conocida como la Quinta Avenida, llena de modernidad, galerías de arte y boutiques de ropa. Sin embargo, más allá de las altas fachadas y los rascacielos institucionales, otras zonas de la ciudad ofrecen una realidad patente: el 18% de los niños de la capital están inmersos en la pobreza infantil y las chabolas levantadas sobre placas de acero y trozos de madera marchitos toman los barrios periféricos de la ciudad. 

 

Aun así, Adís Abeba se ha convertido en un núcleo estratégico para las políticas continentales y los encuentros gubernamentales como sede de la Unión Africana. La capital etíope es la sede central de la organización regional desde 2012 y hasta hoy es hogar para cientos de diplomáticos y políticos occidentales con altos niveles adquisitivos. La compañía aérea líder de África es Ethiopian Airlines y la capital es un puente aéreo que conecta el país con más de 40 destinos en el mundo. Su fácil conexión  da lugar a la construcción de grandes hoteles, restaurantes de lujo y unas facilidades que convierten a la capital, más que en una ciudad turística en el panorama continental, en un hub económico y político. 

 

Su importancia continental ha provocado que el coste de vida y los precios de las viviendas en la ciudad sean prácticamente prohibitivos para sus habitantes. El salario medio en Adís Abeba ronda los 184 euros al mes frente a unos alquileres que, en el mejor de los casos, ascienden hasta los 217 euros al mes para un piso de una habitación a las afueras de la ciudad. Si en cambio buscas vivir en el centro de la ciudad, el alquiler no bajará de los 380 euros al mes. 

 

La capital de Etiopía es el escaparate de un país histórica y culturalmente rico y diverso que busca mantener su status quo político e institucional entre la guerra y la pobreza.

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