Las peores crisis humanitarias y sus causas en África

Este artículo es en colaboración con la Fundación Anesvad
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En julio de 2009, el grupo islamista radical, Boko Haram, asesinó a 50 personas en una comisaria del Estado septentrional de Bauchi, al noreste de Nigeria. El primer ataque del grupo sellaría a uno de los países más azotados por las crisis humanitarias. Ese mismo año, a cientos de kilómetros al este, la salida de las fuerzas etíopes de Somalia contribuyó a que la zona sur del país cayera en manos de otro grupo terrorista: Al-Shabab. El país del cuerno de África ya suma más de 3.800.000 desplazados forzosos.

Somalia y Nigeria son dos de los nueve países de África que hasta 2020 tienen más de un millón de refugiados o desplazados internos, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Un informe de 2021 de la misma organización señaló que en los últimos años, el mayor número de desplazamientos del mundo se registran en República Democrática del Congo y Etiopía. Unos episodios migratorios sacudidos por la proliferación de conflictos regionales, el terrorismo, los intereses políticos y la corrupción, entre otros factores.

 

Desde el corazón del continente

Desde 1996, más de cinco millones de personas han muerto o desaparecido en el este de la República Democrática del Congo. El país, rico en recursos naturales, ha sido escenario del conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial. Tras un pasado colonial belga y la posterior intromisión en el conflicto de varios países africanos como Ruanda, Uganda, Zambia, Sudán o Libia, la República Democrática del Congo sigue sufriendo las consecuencias de la considerada como “guerra mundial africana”. Desde hace 26 años y hasta ahora, 6 millones de personas han huido de sus hogares por conflictos multifacéticos, convirtiéndose así en la crisis humanitaria más longeva y cuantiosa de África.

Más allá de los diversos conflictos, dos acontecimientos concretos han agravado la situación humanitaria de la República Democrática del Congo. Por un lado, la erupción del volcán Monte Nyiragongo a las afueras de la ciudad de Goma, que dejó alrededor de 300.000 desplazados, 31 muertos y medio millón de personas sin acceso a agua potable. Por otro, la constante reaparición del ébola. El país ha sufrido 13 brotes, el último en octubre de 2021. La más grave fue la décima epidemia de ébola de 2018-2020 que dejó alrededor de 3.470 contagiados, de los cuales fallecieron 2.280, una tasa del 65% de mortalidad.

A 1.600 kilómetros de distancia, las raíces del conflicto se cimientan sobre una cuestión lingüística. En 2016, el gobierno de Camerún, principalmente francófono, decidió incrementar el uso del francés en los tribunales y escuelas de las regiones mayoritariamente angloparlantes. Una decisión que envalentonó la insurrección civil con aspiraciones secesionistas y que continuó, el 1 de octubre de 2017, con la proclamación de la independencia de Ambazonia, la entidad secesionista que reivindica las partes anglófonas del país como territorio propio. Las fuerzas independentistas tomaron el control de las regiones del noroeste y suroeste del país, privando de la educación a miles de niños que han visto cerradas sus escuelas durante cuatro años consecutivos. Hasta 2019, el veto a la educación afectó a alrededor de 600.000 niños, con más del 80% de las escuelas cerradas y al menos 74 centros escolares destruidos en las zonas de conflicto, según datos de Unicef.

A ello se suma que al país también le afecta en su frontera norte del país con Nigeria la presencia de la milicia islamista Boko Haram. Alrededor de 1.130.000 de cameruneses se han sumado a un proceso migratorio en busca de la estabilidad política, el acceso a unos derechos básicos y un futuro próspero.

Por otra parte, en República Centroafricana, la religión es el enclave de las disidencias entre las fuerzas gubernamentales, los grupos armados musulmanes y los insurgentes cristianos. Desde que obtuvo su independencia en 1960, el país ha experimentado décadas de inestabilidad y violencia. En 2012, los combatientes musulmanes del grupo Séléka lanzaron una ofensiva contra el gobierno central y en respuesta a ello, las coaliciones de combatientes cristianos conocidos como los Anti-balaka llevaron a cabo represalias violentas contra la agrupación musulmana. Los ataques y contraataques han sumido a República Centroafricana en una interminable crisis humanitaria. Desde el estallido del conflicto renovado en 2013, miles de personas han muerto y más de 600.000 personas han sido desplazadas, la mayoría de ellas refugiadas en países vecinos también en conflicto como Camerún y República Democrática del Congo.

 

El cuerno de África, entre hambruna y sequía

Entre todos, hay un país que no conoce la paz. Sudán del Sur está sumido en constantes turbulencias desde su independencia en 2011. La lucha étnica y política entre el presidente, Salva Kiir, de la etnia mayoritaria dinka, y su vicepresidente, Riek Machar, de la etnia nuer, ha provocado casi 3.800.000 personas desplazadas de sus lugares de origen. En 2013, una facción del Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (SPLA/M) intentó derrocar del poder mediante un golpe de Estado al presidente Kiir. A pesar del intento fallido, las fuerzas civiles continuaron la lucha y el conflicto se alargó hasta 2018. En ese entramado de tiempo, el SPLA/M tomó el control de la ciudad de Bentiu, un epicentro petrolífero, de Bor y de otras zonas ricas en petróleo.

A ello se suma la dependencia geográfica sobre Sudán por su salida al mar. La dependencia provocará que las negociaciones internacionales de los campos petroleros de Sudán del Sur, en los que se basa parte de su economía, vayan de la mano de una mano de obra no remunerada y de altos precios inflacionarios. En este caso, los recursos naturales han liderado un pulso de intereses económicos que teóricamente debió terminar en 2018 tras los acuerdos de paz entre el gobierno sursudanés y las fuerzas de paz de las Naciones Unidas por un lado, y el SPLA/M apoyado por el Movimiento de Liberación de Sudán del Sur, por el otro. A día de hoy, más de la mitad de la población todavía tiene dificultades para acceder a alimentos básicos y el país se ha convertido en uno de los países del mundo con peor acceso a la asistencia sanitaria.

En su vecino al norte, Sudán, el poder militar es clave para entender la política sudanesa y los convulsos años de desestabilidad que han provocado otro de los cuadros humanitarios más graves de la región. Una historia de golpes de Estado y el fundamentalismo islámico del dictador Omar al-Bashir han provocado que, a diciembre de 2021, 14,3 millones de sudaneses requieran asistencia humanitaria y casi 3.500.000 se hayan convertido en desplazados internos o refugiados. 

En el poder desde 1993, las protestas contra Omar al-Bashir no hicieron más que crecer en 2018 hasta que meses después el Ejército dio un golpe de Estado para ocupar el poder. Desde entonces, la junta militar continúa tomando el control de la nación a pesar de los intentos por parte del poder civil sobre la política local. El ejemplo más reciente fue el nuevo golpe de Estado militar en octubre de 2021 que puso fin al Gobierno de transición de Abdalá Hamdok.

A pesar de todos estos conflictos, el más dañino es la guerra del Tigray en Etiopía. El conflicto armado, en curso desde noviembre de 2020, enfrenta a los rebeldes de la región norteña del Tigray con el gobierno federal. La guerra, que comenzó hace ya 16 meses, ha dejado alrededor de 900.000 muertos y más de 5 millones de etíopes en situación de inseguridad alimentaria. El origen del conflicto se cimienta en las diferencias entre los Tigray, quienes han ocupado los puestos de decisión en el gobierno nacional durante décadas, y el primer presidente que no es de su corte, Abiy Ahmed, de etnia oromo. La celebración de unas elecciones locales en la región tigriña en plena pandemia que el presidente, Abiy Ahmed, consideró ilegales acabó de incendiar el conflicto.

Hay alrededor de 1,7 millones de desplazados internos en la región del Tigray. Unos datos que se suman al total de 3 millones de desplazados que estimó ACNUR en 2020, antes de que estallara el conflicto actual.

Al este, Somalia continúa desde 1991 arrastrando un conflicto tras otro. La caída de la dictadura comunista de Siad Barre el 26 de enero de 1991 dio inicio a una guerra civil. Desde entonces, Somalia no ha vivido un gobierno efectivo y sólo ha visto crecer los elementos islamistas radicales al sur del país y la creación de estados independientes no reconocidos por el Gobierno Federal de Transición como Somalilandia y Puntlandia. La intromisión terrorista se ha escenificado en Mogadiscio, capital del país, con los reiterados combates entre la milicia radical islámica de Al-Shabab y las tropas del Gobierno apoyada por soldados de la Misión de la Unión Africana (AMISOM).

Tras 27 años de conflicto permanente, Somalia ha tenido más de 11 presidentes en el poder y ostentó el título de país más corrupto del mundo durante 10 años –ahora ocupa el tercer puesto– según el Índice de Percepción de la Corrupción de 2021. El país cuenta con 3.800.000 desplazados internos que además ahora conviven con los refugiados etíopes que huyen del conflicto de la región del Tigray.

 

En el epicentro de los grupos terroristas del Sahel 

Desde 2009, la guerra entre Nigeria y el grupo terrorista Boko Haram no ha llegado al punto y final. Después de su primer ataque, el grupo se dio a conocer en el panorama mediático internacional con el secuestro masivo de 276 niñas de entre 12 y 16 años en la escuela de Chibok, en el estado de Borno. Desde entonces, la proliferación terrorista se ha extendido por toda la cuenca del lago Chad. Más de 27.000 personas han muerto en manos de Boko Haram y hasta 2020, alrededor de 3 millones han huido de las zonas de conflicto y del país.

A pesar de la restauración de la democracia en 1999, Nigeria arrastra un conflicto de 13 años y sobre distintas vertientes: el fanatismo religioso, la insurgencia en el Delta del Níger, el chiismo nigeriano o la corrupción institucional. En todas ellas destacan los enfrentamientos entre distintas etnias y religiones. El país reúne a más de 500 grupos étnicos donde se hablan alrededor de 350 idiomas.

El último país en unirse a la triste lista con más de un millón de desplazados ha sido Burkina Faso. El país no contaba con violencia yihadista hasta las revueltas populares en 2015 que derrocaron al presidente Blaise Campaoré, quien se rumoreaba tenía un acuerdo para acoger a grupos como Al-Qaeda mientras no atentaran en el país. Ahora se ha convertido, por delante de Malí, en el país de la región del Sahel más golpeado por la violencia terrorista. Los países de África occidental han concentrado el 47% de los atentados y el 44% de las víctimas de la actividad yihadista mundial. A diferencia de Nigeria, en Burkina Faso el Estado Islámico del Sahel y el Grupo por el Apoyo del Islam y de los Musulmanes son los dos grupos terroristas que están detrás de los ataques. La explotación de los recursos en manos del Estado del cuarto país productor de oro en África, la creciente inseguridad y los episodios terroristas han provocado más de un millón de desplazados desde 2015 hasta 2020. 

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